Por Y.D. Castillo
He vivido toda mi vida en el bosque, mi dulce hogar, donde mi familia y yo hemos creado un perfecto ambiente equilibrado de paz y armonía.
No conozco más allá del bosque, no puedo moverme demasiado y soy ciego de nacimiento, pero puedo escuchar perfectamente. En ocasiones oigo a mis familiares, quienes traen noticias desde los extremos, y así puedo enterarme de lo que ocurre en el mundo desde fuera de mi hogar.
Mi entretención consiste en cuidar a los animales, dar refugio a las aves y mantener largas charlas con mis hermanos y primos, a veces llenas de un sentido filosófico que solo nosotros podemos comprender. Me gusta pensar que nuestra cultura es enriquecedora y nuestra sabiduría tan basta como el cielo.
Aunque no sea una vida sorprendente, la amo, y quisiera poder vivir para siempre, conversando por la eternidad con mis hermanos, sin embargo la “Eternidad” no es una cualidad que los seres vivos posean, y pronto me toca a mí comprender por qué.
El murmullo del viento choca suavemente contra las hojas que dan vida, y pronto el sonido de nuestras ramas son ahogadas por un terrible ruido que espanta a los animales. Mi hermano menor me avisa con miedo que se acerca el fin: Espantosas maquinas asesinas se acercan, matando todo ser que formó alguna vez parte de esta familia, y cuando tengo la certeza de que ya no existen, el ruido que anuncia la muerte llega hasta a mí, yo soy el siguiente. Un horrible dolor que parte mi corteza me indica que me están cortando, y poco a poco mi tronco se separa de mis raíces. Ahora caigo, mientras que la vida se me escapa de las ramas, y entonces sé que los próximos segundos son los que me quedan de vida. Alcanzo a oír el viento otra vez, las maquinas toman un descanso, dejándome oír nuevamente el sonido de las ramas, que avisan del cruel destino que le depara al bosque, a través del trágico canto fúnebre, representado por lo que solo puede ser descrito como el llanto de los árboles.

No hay comentarios:
Publicar un comentario